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Cuando una guerra en Medio Oriente termina impactando parques industriales en México

Las guerras ya no solo se pelean en el campo militar. También se pelean en rutas marítimas, cadenas de suministro y mercados energéticos.


En las últimas semanas, la tensión entre Irán e Israel volvió a poner al mundo en alerta. Y aunque el conflicto ocurre a miles de kilómetros de distancia, sus efectos podrían sentirse en algo tan inesperado como el costo de mover mercancías, la inflación global, o incluso la demanda de parques industriales en México.


La razón tiene nombre propio: el Estrecho de Ormuz.


El cuello de botella energético del mundo

El Estrecho de Ormuz es un paso marítimo angosto que conecta el Golfo Pérsico con el Océano Índico, y por ahí circula aproximadamente el 20% del petróleo que consume el planeta. Países como Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Irak e Irán dependen de esta ruta para exportar energía al resto del mundo.


Y ahí está el problema: el estrecho es pequeño, vulnerable y estratégicamente delicado. Cada vez que aumenta la tensión en la región, los mercados reaccionan ante la posibilidad de interrupciones marítimas, mayores costos logísticos y volatilidad energética. Aunque nunca llegue a cerrarse por completo, el simple riesgo ya es suficiente para mover precios globales.


La era del offshoring

Durante décadas, el mundo operó bajo una lógica muy clara: fabricar donde fuera más barato. Ese modelo se conoce como offshoring, y miles de empresas trasladaron su producción desde Estados Unidos y Europa hacia países asiáticos como China, aprovechando menores costos laborales, economías de escala y cadenas logísticas globales extremadamente eficientes.


La prioridad era simple: maximizar eficiencia y reducir costos. El problema es que, en el proceso, el mundo construyó cadenas de suministro gigantescas y profundamente dependientes de rutas marítimas estables, energía barata y un entorno geopolítico predecible.


Durante años funcionó perfectamente. Hasta que dejó de funcionar.


El mundo empezó a descubrir su fragilidad

Primero llegó COVID, después la crisis de contenedores, luego la guerra comercial entre Estados Unidos y China y más tarde los ataques en el Mar Rojo. Cada golpe reveló lo mismo: las cadenas globales son mucho más frágiles de lo que parecían.


El verdadero riesgo ya no es únicamente el precio del petróleo. Es depender demasiado de sistemas complejos que pueden interrumpirse por una guerra, una sanción, un bloqueo marítimo o una tensión diplomática que nadie anticipó.


Y eso está cambiando la forma en la que las empresas toman decisiones.


El reshoring: regresar producción a casa

Ante este nuevo entorno, algunas compañías comenzaron a preguntarse: ¿y si regresamos producción al país de origen? A esa estrategia se le conoce como reshoring, y la idea es simple: reducir dependencia externa y recuperar control sobre manufactura estratégica.


El problema es que regresar completamente la producción a países como Estados Unidos no siempre es viable. Los costos laborales, regulatorios y de infraestructura pueden ser considerablemente más altos. Y en muchos sectores, la cadena de proveedores que existía antes simplemente ya no está.


Y ahí es donde aparece un punto intermedio.


Nearshoring: producir más cerca

Más que una moda, el nearshoring es una respuesta a un mundo que descubrió la importancia de la resiliencia. La lógica es simple: si producir muy lejos implica demasiados riesgos, tiene sentido mover operaciones más cerca del mercado final. Y pocos países están tan bien posicionados para eso como México.


La guerra no creó el nearshoring. La tendencia ya venía tomando fuerza desde hace años, impulsada por el COVID, las tensiones comerciales, las crisis logísticas y la vulnerabilidad en las cadenas de suministro. Lo que hacen conflictos como el actual es acelerar la conversación y recordarle al mundo que depender demasiado de rutas lejanas sigue siendo un riesgo real.


Las ciudades mexicanas que podrían beneficiarse

Aunque Monterrey suele encabezar la conversación por su fortaleza industrial —atrae por sí solo cerca del 20% de toda la inversión por relocalización en México— y su cercanía con Texas, no es la única ciudad que aparece en el nuevo mapa manufacturero. Saltillo, Ramos Arizpe, Ciudad Juárez, Tijuana, Querétaro, Guadalajara y San Luis Potosí también están captando inversión, cada una con su propia combinación de talento técnico, infraestructura logística y conectividad con Norteamérica. 


Y el sustento no viene únicamente del discurso político. En los últimos años, varios corredores industriales mexicanos registraron niveles de vacancia históricamente bajos (de 7% o menores), rentas al alza y una absorción industrial que no se veía desde hace décadas. Sectores como el automotriz, la manufactura avanzada, la farmacéutica y los data centers han anunciado expansiones concretas en el país.


El mapa se está redibujando. La pregunta ya no es si México está en la conversación, sino qué tanto está aprovechando el momento.


Esto no ocurre de la noche a la mañana

Los mercados financieros reaccionan en horas. Mover manufactura tarda años. Abrir una planta implica permisos, infraestructura, proveedores, energía, logística y contratación, y en muchos casos ese proceso se extiende por tres, cinco o más años antes de que la primera pieza salga de la línea.


Por eso el nearshoring debe entenderse como una transformación estructural, no como una reacción inmediata a una guerra específica. Las empresas no están tomando decisiones pensando en el próximo trimestre. Se están preguntando dónde quieren producir en los próximos diez años, qué regiones ofrecen más estabilidad y qué cadenas de suministro son menos vulnerables a disrupciones que hoy nadie puede predecir.


¿Y si la guerra terminara mañana?

Probablemente bajarían las tensiones energéticas y parte de la presión sobre el petróleo y la logística global. Pero eso no eliminaría la tesis del nearshoring.


Porque el problema de fondo no es una sola guerra. Es que durante los últimos años el mundo acumuló demasiadas señales de fragilidad como para ignorarlas.


La nueva globalización

Tal vez la gran lección de esta década es que la globalización no está desapareciendo. Simplemente está evolucionando. Las empresas ya no compiten únicamente por fabricar más barato. Hoy también compiten por estabilidad, resiliencia, seguridad logística y capacidad de reacción ante un mundo que ha demostrado ser mucho más impredecible de lo que nadie esperaba.


Según proyecciones de la Asociación Mexicana de Parques Industriales (AMPIP), el sector registrará un crecimiento anual mayor al 30% en 2026, alcanzando una inversión total de más de 5.8 millones de dólares destinados únicamente al desarrollo de naves industriales. Y quizás la pregunta más importante ya no es si el nearshoring llegará a México. La verdadera pregunta es si México tiene la capacidad para capturar plenamente esa oportunidad. 



 
 
 

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